Joan Montané, el apostol de los niños de España.

Su experiencia está sacando del olvido y la indiferencia, la mentalidad generalizada sobre el verdadero sufrimiento y agonia de los niños abusados sexualmente.
Larga vida a este Angel de la vida real, que apenas empieza, y necesita la ayuda de todos para sacar adelante sus programas. Valiente, que tus alas crezcan!

lunes 10 de noviembre de 2008

Muchos de los sucesos traumáticos que se viven durante la infancia pueden comportar secuelas que nos acompañarán y afectarán en nuestra etapa adulta. Calibrar el efecto de los mismos es muy complejo, debido a la multitud de variables que entran en juego, y que van desde el hecho en sí hasta la capacidad y los recursos del individuo para afrontarlo.Cuando hablamos de abuso sexual infantil y, concretamente, de una persona que pasó por ello y que no lo ha revelado, o sea, eso tan difícil de establecer que llamamos perfil, tal vez fuera posible señalar algunas características muy comunes, y quizá la más frecuente de todas ellas sea la baja autoestima; lo que, en definitiva, y de ahí el título de este escrito, podríamos definir como el síndrome del patito feo. Es decir: no valgo para nada, no soy capaz, todos se apartarán de mí, si no estuviera nadie me echaría de menos… En fin, una sintomatología que, para quienes estén en la situación descrita, seguro coincidirán con mi exposición.No hace tanto tiempo yo era también un “patito feo”. Es una sensación que no desaparece de un día para otro. Tarda mucho tiempo en desvanecerse por completo. Es como si siempre pusieras en tela de juicio cualquier actividad que vayas a acometer o idea que vayas a exponer. Esta semana pasada estuve como ponente en el IX Congreso sobre el maltrato infantil de Valladolid. El jueves por la tarde era mi ponencia: “Una larga travesía”. Y allí, en el paraninfo de la Universidad, tras la presentación impagable de Marian, empezó mi disertación. Hasta aquel momento intenté no pensar demasiado, pero la verdad es que el escenario imponía. El caso es con más o menos nervios hablé de lo que había venido a hablar. Cuando terminé, una hora después, le pregunte a Marian que le había parecido. Me dijo que había estado genial. No estaba tan seguro, pero al levantar la vista y contemplar al auditorio aplaudiendo, pensé que era verdad, que por fin podría sentirme como el bello cisne que en los lejanos sueños de mi niñez siempre creí ser.
Publicado por JoanMontane en 13:34